“Vexilla regis prodeunt Inferni...” Se entona la burla a aquél, que sólo existe porque el aire es frío en la caverna, porque el lago ha dejado sepultadas en su helado seno a las impasibles almas de los traidores, porque no guía hacia otro destino la atracción del abismo. La privación del acto y la ausencia del ser; como el caos en la armonía, y lo negativo en la efectividad: alegatos entre el humano y lo divino, han dado por digna, magnánima morada, al regio verdugo del linaje rebelde, soberanía sobre su lastimera y sombría sepultura, castigando la transgresión al concebirlos y pugnarlos en detrimento de ambos.
Refiérome, al último canto, de los treinta y cuatro, que componen el primer cántico, de los tres, que entona Dante Alighieri en su Comedia, y que comienza con la satírica gracia que Virgilio tararea junto al poeta, al irse acercando al centro oprimido de la tierra, donde yace el más grande traidor de la creación. ¿Como una mofa, puede ser entendida La Divina Comedia?, podría considerarla quien tuviera el ánimo suficiente, quien hubiese reparado en el impacto que tuvo la vulgata lexical o en la estructura del mismo poema, o quien sencillamente no haya encontrado un rescoldo de abatimiento entre sus líneas, del cual se carga el espacio de la narración y el que quizás trató implícita, o, como aparece en algunos cantos, textualmente, de reflejar Dante en su poema, estimulado por impulso y convicción personal y social. Es necesario entonces atender la relación entre el poeta y su marcada situación político-religiosa, con respecto de la arquitectónica hechura de su obra.
Habiendo legado una perspectiva unitaria entre los dos pilares que se elevaban sobre los escombros de un imperio, de figuras como Carlo Magno y Constantino, siguieron otras que, junto al entonces imprescindible burgués y el inevitable pueblerino, encontraron a la religión como la única capaz y por tanto responsable de consolidar el orden universal: la concordia entre el imperio y el papado. Aunque el imperio de igual forma, como lo hizo el emperador Teodosio, seguiría sustentando este orden, estableciendo el cristianismo como religión única y oficial del estado, dando inicio a la persecución de los “paganos”. La iglesia respondería por su parte con la tesis de “las dos espadas”, declarando que el poder de Dios se manifestaría por medio del brazo eclesiástico y el brazo secular, éste en servicio de aquel. De esta manera quedó consolidada la autoridad de la iglesia, fijando rasgos de la estructura imperial y creando la concepción del papado a imagen y semejanza de la de los emperadores. Su influencia marcó profundamente la vida política, social, y cultural de las personas en el periodo de la baja edad media, atrayendo hacia ella su atención, comenzaron a definirse las características imágenes que representaron la sociedad de entonces, surgiendo entre ellas la del clérigo, como héroe épico, desafanado poeta ebrio lisonjero de doncellas, o como entregado devoto a la vida monástica del estudio o la veneración de Dios. La literatura homilética y hagiográfica dejó una ceñida influencia entre su exiguo gremio de lectores en latín,
"… como duradera y tenaz expresión del sentimiento cristiano, se advierte la
presencia de un ideal de vida vigorizante enraizado en la imagen del trasmundo.
Nada de lo del mundo real puede compararse en significación con la esperanza de
la eternidad, y quien juzga sabiamente no puede sino acogerse a la contemplación"(1)
Fue así como posterior al siglo XI, la tradición literaria se abrió camino a través de distintas lenguas vernáculas: francesa, provenzal, alemana, italiana, española, dando libertad a numerosos estilos, géneros y niveles de sofisticación; así como la literatura litúrgica comenzó a dar frutos en lenguas vernáculas con la vida de santos, textos de teología, historia, filosofía, que antes sólo entendían clérigos y algunos seglares cultos ahora accesibles al público inculto. Las anécdotas de santos, vertidas a sermones o ejemplos, daban testimonio de la fuerte relación que ligaba la realidad con el trasmundo, la Vida de Antonio, de Atanasio, o la Vida de Benedicto, de Gregorio Magno, fueron algunas de las narraciones que fortalecían la convicción popular para prepararse como novicios o para saber protegerse de las asechanzas del demonio. Tuvo entonces un auge la poesía en lenguas vernáculas que trataron estos aspectos, aunque escasa en comparación a la cantidad de autores de épica y romance, destacan los más significativos de este periodo, Dante Alighieri y William Langland. Ya por entonces, el convivio entre imperio y papado se había visto difamado en cruentas discusiones, pues si bien ambos poseían fuertes argumentos y un considerable respaldo social, pugnaban por poseer la prevalencia del poder, mostrándose en Italia con la tenaz discordia entre güelfos, partidarios del papa, y gibelinos, partidarios del emperador, provocándole a Dante el destierro de su patria tras la derrota de la última comuna a la que él pertenecía, afrenta que lo acompañaría hasta morir en tierra extranjera.
"La crisis que se desencadena en el siglo XIII, tiene un testigo eminentísimo,
que, no sin dolor… señala sus rasgos más característicos. Es Dante Alighieri,
cuya Comedia, tan grande como su valor poético, es grande como
documento de la disolución del orden medieval, que el poeta amaba, y de la
aparición de un sistema de ideales y formas de vida que exaltaba algunos de los
elementos que integraban aquel orden en perjuicio de otros."(2)
Dante Alighieri (1265-1321), es considerado el más grande poeta y teólogo laico medieval. Obras suyas como Vita nova, De vulgari eloquentia, Convivio, si bien alcanzaron un merecido reconocimiento, no lo fue tanto en la medida de su Comedia, posteriormente declarada Divina; un complejo poema místico inspirado en la tradición cristiana, el escolasticismo, la literatura de visiones y el pensamiento grecorromano y musulmán. El poema está construido con la maestría de un escultor renacentista y a la vez con el genio de un arquitecto gótico medieval, pues la proporción de las tres partes que lo componen conforman una magistral estructura del orden universal y terrenal. Al presenciar Dante la fragmentación que sufre la unión política, no sólo es testigo de la negligencia del papado y del imperio al trastornarla, sino también juez al percibir a la justicia suprema por encima de los intereses inmediatos, los cuales eran más recurrentes tras dicha fractura. De esta manera, Dante concibe la estructura del universo según la filosofía y la ciencia aristotélicas, ptolémicas y neoplatónicas, fundando su orden por el designio moral del cosmos. El significado último del cosmos es ético, y Dante, como hábil artista, construye en la Comedia el cosmos físico como metáfora del cosmos ético, más que a la inversa. Desea mostrar la realidad moral interna del cosmos, no sus manifestaciones externas, aunque para conseguirlo recurra a éstas. Como la mayoría de los primeros autores cristianos, Dante adoptó la cosmología de Ptolomeo, la cual dispone el cosmos en una serie de esferas concéntricas, siendo la tierra la esfera en el centro del universo; por encima de ella está una capa de agua, otra de aire y enseguida una de fuego, vienen después la esfera de la Luna, la de Mercurio, la de Venus, la del Sol, la de Marte, la de Júpiter, la de Saturno, luego le siguen las estrellas fijas o constelaciones, posteriormente el primum mobile, la esfera que mueve todo el universo, y más allá está el cielo de Dios, con sus ángeles y bienaventurados. En el interior de la tierra está el infierno, y en el centro del infierno está Lucifer.
Hablar del Infierno, en la Comedia de Dante, es ejercicio para un prudente y apto estudioso de los diversos caracteres que lo constituyen: la numerología como proporción de su estructura, la percepción sensorial en su interior, o el deleite pesaroso con que impone Dante, a sus más celebres enemigos políticos, a las más atroces condenas, por mencionar algunos; empero, este trabajo está orientado a estudiar la misma composición y semántica de este trasmundo en su aspecto general. Ya lo dijo un compatriota del Divino Poeta, siglos después, en su tratado, El Diablo: “Se puede entrar en el reino de Dios hasta por la puerta negra del pecado”, y que pareciese comprende el significado del recorrido de la catabasis dantesca, aunque entonces haya hablado a favor del impulso por escribir su tan ansiado documento, siendo, Giovanni Papini, un fervoroso cristiano. Al concebir el sentido ético del orden universal, Dante nos muestra al principio de su poema el descenso que hace, sea ya como poeta o político a la vez, como humano, a la perdición y el pecado. Aunque teológicamente no puede un hombre ir al infierno y volver, sí puede entenderlo comprendiendo la naturaleza del pecado y de sus consecuencias.
“… y del mismo modo que aquel, saliendo anhelante fuera del piélago, al llegar a
la playa, se vuelve hacia las hondas peligrosas y las contempla, así mi
espíritu, fugitivo aún, se volvió hacia atrás, para mirar el trayecto del que no
salió nunca nadie vivo.”(3)
Al parecer Dante, como todo buen teólogo, sigue las disposiciones morales viciosas del libro VII de la Ética Nicomaquea, de Aristóteles, que reprende la incontinencia, la malicia y la bestialidad, en escala gradual de menor a mayor gravedad; sin embargo toma sólo en cuenta las dos primeras disposiciones que el cielo desaprueba para representar su averno, la incontinencia en los primeros cinco círculos, y la malicia, en el sexto y séptimo circulo de la ciudad de Dite, el octavo circulo de malebolge, el pozo de los gigantes y el noveno círculo, confiriéndole una gradación a la carga del castigo conforme a mayor degradación moral. Dentro de la narrada versificación de la historia del poema, al dejar atrás un bosque umbrío que atravesó el poeta, para después toparse, al intentar subir por las faldas de una cuesta, con tres bestias que se lo impiden; decide regresar por el camino que había realizado y encontrándose al magistral cantor de los albores romanos, Virgilio, quien le pide, por intercesión de un alma noble, que le siga, atraviesa junto a él los nueve círculos del infierno. La primera parte del infierno comienza en lo que podría llamarse una antesala, dividida en tres secciones. La primera alberga un coro de ángeles que no fueron rebeldes ni fieles a Dios, los cuales, al haber introducido Lucifer el pecado en el cosmos, siendo sometidos los ángeles a una prueba, algunos eligiendo ser fieles, otros ser traidores; se negaron a escoger. La segunda retiene a las almas que no vivieron, a favor o en contra de sí mismos ni de nadie. La tercera es la ribera del rio Aqueronte que atraviesan los condenados, amenazados por la justicia divina. El primer círculo de la caverna es llamado Limbo, de también tres secciones, donde residen quienes vivieron antes del cristianismo, primero las almas comunes, en seguida las de los ilustres, y posteriormente, dentro de un jardín amurallado, las de los insignes. En el segundo círculo se castiga la lujuria, en el tercero la gula, en el cuarto la prodigues y la avaricia, en el quinto la ira y la displicencia, unidos elípticamente terminando a las orillas del lago Estigia. Al otro extremo, se encuentran las murallas de la llamada Ciudad de Dite, la segunda parte de este tártaro. El sexto círculo castiga a los heresiarcas, y el séptimo condena la violencia, dividido en tres recintos: a los violentos contra la vida y los bienes del próximo, homicidas y tiranos, dentro del lago de sangre hirviente Flegetón en el primero; a los violentos contra sí mismos, los suicidas, en el segundo, y a los violentos contra Dios, la Naturaleza y la sociedad, impíos, sodomitas y usureros en el tercer recinto, fragmentado a su vez en tres secciones para cada castigo, el árido arenal, el riachuelo que sigue del Flegetón, y el borde del barranco donde termina el círculo. Al descender está malebolge, bolsa maldita, en el octavo círculo que castiga el fraude que rompe los lazos de amor que forma la Naturaleza, subdividido en diez fosas concéntricas que se entrelazan por una peña perpendicular a manera de puentes, conteniendo en la primera a rufianes y seductores, aduladores y cortesanos en la segunda, adivinos en la cuarta, en la quinta los simoniacos, los hipócritas en la sexta, los ladrones en la séptima, a los malos consejeros en la octava, en la novena a los cismáticos, y en la décima a los charlatanes y falsarios, castigando a los que toman la identidad de otra persona, los que falsifican dinero y los calumniadores de tres sendas maneras distintas. El más estrecho y último de los círculos, el noveno, condenando el fraude de la traición, que no sólo se olvida del amor que constituye la naturaleza, sino también de la confianza que nace de él; está, si bien de igual manera fraccionado en cuatro recintos, antecedido de grandes pozos en los cuales los gigantes se encuentran encadenados dentro, hasta la cintura. Por debajo de los pozos se encuentra el lago glacial de Cocyto, que en el recinto de Caína encierra en el hielo, hasta la cintura, a los traidores a sus parientes; en el recinto de Antenora, a los traidores a su patria congelándolos hasta el pecho; inmersos en el hielo hasta el cuello los traidores a sus amigos y huéspedes en Ptolomea, y atrapados completamente por el frío en la Judesca a los traidores a sus bienhechores; mientras el primer traidor provoca el gélido viento con sus alas en el centro del círculo y del infierno.
Siguiendo el curso del cauce que atraviesa la cripta del primer rebelde, se puede distinguir la obra magistral que encierra la postura político-religiosa de Dante al condenar a poderosos y clérigos; pero también siguiendo su trayectoria nos orienta hacia el centro del abismo, en el descenso a la más profunda manifestación del pecado como lo propone San Agustín, al considerar en el movimiento ascendente del fuego el camino a la virtud, al contrario del agua, que se mueve en descenso. La fuerza de gravedad que reside en el centro de la tierra atrae hacia sí a la raza condenada, manifestando el peso del pecado, la estreches del confinamiento, hundirse hacia abajo y hacia adentro, sofocados por la densificación los pecadores se encierran en sí mismos, ciegos y estúpidos, no contemplarán la amplia visión de la luz, la verdad y el amor de Dios. Privación, que se ve presente en la visión de los místicos al considerar a Dios como eje central en torno al cual todas las cosas se expanden y son atraídas. De este modo, todo ser se mueve, ya sea como lo propone Dante junto con la concepción ptolemaica de forma elíptica, hacia Dios o hacia Lucifer. No obstante, desde esta estructura universal, se puede apreciar al demonio en el centro mismo del cosmos, dejando a Dios fuera de él y haciéndolo remoto. Dante quizá intentó definir al demonio, como lo explica Freccero, “en el centro del mundo físico, privado de la circunferencia externa del mundo espiritual”, apoyando también la postura de Gregorio Magno de que Dios estaba también en el centro profundo del alma humana. Si Dante, por otra parte, hubiese adoptado la concepción contemporánea heliocéntrica, colocaría a Dios en el centro del cosmos como foco irradiador de luz, muy similar a la postura mística; pero en su época, un punto de vista similar a éste, llamado copernicano, entendía a la tierra como una entidad de forma y situación indeterminadas, un globo imposible de conciliar con las demás órbitas celestes, teniendo entonces pocos partidarios entre los cosmólogos medievales.
A parte de considerar los salvajes tormentos del infierno, comparándolos con la diversa tradición literaria hagiográfica y de visiones, se puede llegar a considerar entrambas un agradable parangón, respecto de las ideas que se tenían, los santos en especial, de los trasmundos, la tierra de la bienaventuranza y la de los condenados. El Apocalipsis de Pedro, la Visión de San Pablo, la Vida de San Pacomio, la Visión de Drythelm, la Visión del Monje de Wenlock, así como la Visión de Alberico y la Visión de Tundale, de las cuales se cree Dante tomó fuerte influencia, sin eludir a la mismísima Santa Teresa de Jesús que en su Vida, como refiere el capítulo XXXII, hace una descripción de los tormentos que el Señor le concede observar y padecer; forman un vastísimo cuadro de caracteres que definían el trasmundo de la réproba estirpe, de cuyos caracteres tomó Dante para darle una imagen a la fosa y un rostro al cadáver en la que yacía semiapricionado. Lucifer, si bien es el que en torno suyo gravitan toda la culpa, el dolor, la miseria y el odio de las almas humanas en su infierno como máxime representante, es también en el poema dantesco, un demonio más patético y repulsivo que terrorífico. Quienes creyeron en la merma del ingenio de Dante al retratar al príncipe de las potestades angelicales tras su derrota y caída en el abismo, fiándose únicamente de la monumental, aunque romántica y antropomórfica, representación de Milton, no consideraron que la intensión de nuestro autor era distinta, puesto que al pintar el centro gravitacional del pecado lo muestra como la representación del mal, la negación, el vacío, lo despreciable y lo fútil, en contraste a Dios, que irradia energía y esplendor. Dante se apoyaba más a las tendencias teológicas que a la artísticas y literarias, al referirse al demonio. La fealdad de este ser, que en otro tiempo fue radiante belleza, se describe en una cabeza con tres rostros, “uno por delante que era de color bermejo: los otros dos se unían a éste sobre medio de los hombros y se juntaban por detrás en lo alto de la coronilla, siendo el de la derecha entre blanco y amarillo… el de la izquierda tenía el aspecto de los oriundos del valle del Nilo” (D. 197) que se presta a la interpretación de las tres partes del mundo conocidas: bermejo de los europeos, blancuzco de los asiáticos, y negro de los africanos, así como del triple signo que el poeta refiere al salir del bosque: la pantera, como representación de la lujuria, el león como la soberbia, y la loba, como avaricia, que definirían a su vez los tres vientos que surgen del impulso de sus seis alas, cual restos de su prístino estado, dos por debajo de cada rostro. Las lágrimas que nacen de sus miradas y que se mesclan con la sangre de sus víctimas y le resbalan por el mentón, así como el que esté aprisionado en el estanque glacial hasta la cintura, muestran la mofa que declara el mismo Dante al ingresar a la Judesca, “Como a parece a lo lejos un molino, cuyas aspas hace girar el viento” (D. 196), una parodia, al comparar a Lucifer con la silueta de un cruz, con respecto al llanto, la sangre y el agua en la crucifixión de Jesús, y una alegoría a la aguas del río Jordán donde Cristo se introdujo hasta la cintura para ser bautizado. De esta manera la triplicidad del demonio provoca la sátira al compararla con los tres puntos de la cruz, dejando a Virgilio canturrear las primera palabras del Vexilla Regis para Lucifer.
El descenso de Dante al infierno es la metanoia que propone como una conversión, una búsqueda hacia los límites de la degradación que torna después hacia la luz, como se manifiesta al salir de la caverna por el costado del demonio, realizando el giró que los guiará hacia el exterior, donde más tarde encontrarán el Purgatorio, una versión más relajada de la reprensión de la conducta ínfima del humano, y cuyo lugar sitúa Dante, curiosamente paralelamente su vértice con el del averno, considerando la caída de Lucifer sobre el hemisferio sur, haciendo que la tierra se retrajera en el polo norte formando este cúmulo en forma piramidal.
Se trate quizá sólo de una metáfora artísticamente realizada por la mano de un orfebre sobre la concepción moral que distinguía la justicia divina en pos de la ética, por sobre los intereses particulares entre partidarios religiosos y políticos, es en un principio el poema de Dante un descenso, una visión profunda e interior de nosotros mismos, un naufragio “un lento y paulatino sumergirse en lo más profundo, en lo más abyecto, en lo más personal de uno mismo” como lo expresa Pedro Ángel Palou quizá, o el encuentro cómico de lo impersonal como lo dijo un viejo sabio y loco poeta satírico alguna vez “¿Cómo? ¿No hay ningún yo en el espejo cuando me veo en él?... ¿Son ustedes las que agitan sus cascabeles cuando yo creo escuchar los míos?... ¡Sí, debe ser la Nada! Fuera, fuera el yo… ¡Y que su baile, máscaras, continúe!”
Luis Aceves
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(1) José Luis Romero, La edad media. México, Fondo de Cultura Económica. 1998 p.161
(2) Ibidem. p. 180 - 181
(3)Dante Alighieri, La divina comedia. México, Época. 2006 p.10
ROMERO, José Luis. La edad media. México, Ed. FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, 1998 212 p. (Colección Breviarios, 12)
PATCH, Howard Rollin. El otro mundo en la literatura medieval. México, Ed. FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, 1956 470 p.
GOMEZ ROBLEDO, Antonio. Dante Alighieri. México, Ed. COLEGIO NACIONAL, 2005 511 p.
BURTON RUSSELL, Jeffrey. Lucifer, el diablo en la edad media. Barcelona, Ed. LAERTES, 2006 408 p. (Colección Kin-ik, 6)